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| Pedro Sánchez y Mohamed VI |
—Nos están invadiendo. Se acaba el tiempo. ¿Qué más pruebas necesita para saber que no es su amigo, que lo que quiere es España entera?
—Si consigo no perder su amistad, no creo que se atreva a despojarnos. Sería mal visto en toda Europa… ¿Y si nos engañamos y, por habernos dado mucha prisa, precipitamos los sucesos y empeñamos la nación en una guerra destructora que aún podría evitarse?
—Señor, los momentos disponibles que nos quedan están muy cerca de acabarse…
Podría parecer un diálogo entre alguien que intenta advertir al presidente del Gobierno de un peligro inminente y quien todavía confía en que el supuesto amigo no se atreverá a ir demasiado lejos.
Pero no. Estas palabras tienen más de doscientos años. Y no atañen a Marruecos ni a Pedro Sánchez. Se habla de Napoleón Bonaparte.
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| Napoleón Bonaparte en 1805 |
La escena transcurre en 1808 y forma parte de mi novela histórica El vals de los españoles.
Cuando el supuesto amigo no era lo que parecía
A quien se intenta hacer comprender el peligro no es al presidente del Gobierno actual, sino al rey Carlos IV. Y quien intenta advertirle es Manuel Godoy, un personaje que pasó a la historia cargado de todos los males imaginables. Pero quizá hubo alguien que se ganó con más méritos el desprestigio que posteriormente recibió Godoy: Fernando VII.
El entonces príncipe Fernando había puesto sus esperanzas en Napoleón. El emperador francés se había convertido para él en un aliado en su lucha contra su padre y contra Godoy. Pero Napoleón tenía sus propios planes. Y esos planes no consistían precisamente en ayudar a Fernando a ocupar el trono español.
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| Manuel Godoy en 1800 |
Napoleón llevaba años desarrollando una política expansionista por Europa. Ocupaba territorios, sometía naciones y colocaba a miembros de su familia en distintos tronos. España podía ser un aliado útil, pero también era una pieza demasiado importante como para dejarla fuera de sus proyectos. El problema fue que algunos españoles tardaron demasiado en comprenderlo. O quizá prefirieron no comprenderlo. Porque siempre resulta más cómodo pensar que quien se presenta como amigo seguirá comportándose como tal. Y en aquella España de 1808 había quienes confiaban en que Napoleón no se atrevería a despojar al país de su independencia porque aquello sería mal visto por las demás potencias europeas. Mientras tanto, el ejército francés seguía entrando en España.
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| Fernando VII en 1800 |
La historia no comenzó con el 2 de mayo
Cuando pensamos en la invasión napoleónica, solemos pensar en el 2 de mayo de 1808, cuando se produjo el levantamiento de Madrid y sobrevino la guerra de la Independencia. Pero la historia había comenzado mucho antes. Las tropas francesas no entraron inicialmente en España como un ejército enemigo. Entraron como aliados.
En 1807, España había aceptado colaborar con Napoleón y proporcionar tropas para sus operaciones contra Inglaterra. Entre ellas se encontraba el ejército que, bajo el mando del marqués de la Romana, sería enviado al norte de Europa en la llamada Expedición del Norte. Aquellos soldados españoles terminarían en Dinamarca, lejos de su país. Y aquí es donde la historia se vuelve todavía más sorprendente. Porque mientras ellos estaban allí, al otro lado de Europa, en España la situación daba un viraje.
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| Expedición española a Dinamarca |
Un ejército español atrapado en Dinamarca
En 1808 se produjo el motín de Aranjuez en el que Fernando arrebató la corona a su padre y Godoy fue encarcelado. Las tropas francesas continuaban entrando en España y Napoleón preparaba el siguiente movimiento.
Pero el ejército español que se encontraba en Dinamarca no sabía realmente lo que estaba sucediendo. Napoleón había conseguido mantenerlo aislado. La correspondencia estaba interrumpida y la información que podía llegar desde España era cuidadosamente controlada.
Aquel ejército había partido de España como un país aliado de Francia. Más adelante descubrirían que todo en España había cambiado. La alianza con Francia estaba rota. Y se les comunicaba que el nuevo monarca era José Bonaparte, al cual se les exigía jurar fidelidad. ¿Qué podía hacer un ejército español situado a miles de kilómetros de su patria? Esa es una de las historias que cuento en El vals de los españoles.
Una novela nacida de una historia real
En la novela, el capitán Vicente Puig ha dejado en Salamanca a su esposa y a sus hijos para incorporarse a la expedición del marqués de la Romana. Una joven española llamada Elvira consigue infiltrarse en la casa del mariscal Bernadotte como costurera de madame Bernadotte. Su situación le permite descubrir aquello que los soldados españoles no saben. España está en manos de los franceses. La alianza se ha roto. Y aquel ejército debe tomar una decisión desesperada.
Pero el regreso a España no es tan simple. Para hacerlo tendrán que escapar de Dinamarca, abandonar el territorio controlado por Napoleón y buscar la ayuda de Inglaterra. La fuga se convierte así en una auténtica odisea en la que también desempeñarán un papel decisivo Elvira y una joven prostituta alemana. Se trata de hombres, mujeres y niños atrapados en una guerra que todavía no saben cómo va a cambiar sus vidas.
¿Y qué tiene que ver todo esto con la España de hoy?
Aquí es donde la historia puede resultar incómoda. No estoy diciendo que el rey de Marruecos sea Napoleón. Tampoco estoy diciendo que lo sucedido en España en 2026 sea una repetición de la invasión napoleónica. Las circunstancias son completamente diferentes. Pero la historia no necesita repetirse exactamente para hacernos pensar.
Después de lo ocurrido en Ceuta el pasado 30 de julio, resulta inevitable preguntarse hasta qué punto puede un país confiar su seguridad a la cooperación de otro Estado.
España y Marruecos mantienen una relación de enorme importancia. Existen intereses económicos, diplomáticos y estratégicos comunes, además de una cooperación necesaria en cuestiones como el control de las fronteras y de los flujos migratorios. Precisamente por eso hay una pregunta que deberíamos hacernos:
¿Qué ocurre cuando quien consideramos un aliado tiene también sus propios intereses y posee capacidad para ejercer presión sobre nosotros?
En 1808, algunos españoles confiaron en que Napoleón no se atrevería a llegar demasiado lejos. Porque era su aliado. Porque hacerlo sería mal visto en Europa. Porque todavía parecía posible evitar la guerra. Mientras tanto, las tropas francesas seguían entrando en España. Y cuando muchos comprendieron finalmente lo que estaba ocurriendo, ya era demasiado tarde.
Volviendo al presente, podemos preguntarnos:
¿Estamos confundiendo una alianza con una garantía?
¿Confiamos demasiado en que la otra parte no se atreverá a cruzar determinada línea porque tendría un coste internacional?
¿Y si cuando comprendamos nuestra verdadera situación queda poco margen para reaccionar?
En 1808, aquellos interrogantes tuvieron una respuesta terrible. Y mientras en España se sucedían los acontecimientos que conducirían a la ocupación francesa, miles de soldados españoles permanecían en Dinamarca sin saber que su país había cambiado de rey y que su antigua alianza con Francia se había convertido en una trampa.
Esa es la historia que recupero en El vals de los españoles. La historia de Vicente, Elvira y aquellos hombres y mujeres que quedaron atrapados muy lejos de España mientras Napoleón se hacía con el control de la península. Una historia de alianzas, engaños, lealtades y decisiones tomadas cuando el tiempo se acaba.
Porque quizá podamos aprender algo de la historia. No se trata del rey de Marruecos. Se trata de Napoleón. Y de una España que, en 1808, descubrió demasiado tarde que su supuesto amigo tenía otros planes.
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