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miércoles, 13 de enero de 2021

Memorias de un cortesano de 1815




Cuando me enteré en mi primera visita al archivo militar de que la madre de mi tatarabuelo Federico Puig Romero había sido azafata de la reina Isabel de Braganza imaginaba que tendría un linaje elevado como lo exigían tales cargos de servidumbre real. A la vuelta del segundo viaje a Segovia tres meses después descubrí que las cosas no eran como parecían. En los expedientes matrimoniales de las hermanas de Federico Puig Romero hallé, entre otros documentos, las partidas de bautismo de ambas. No me encajaba el dato del bautismo de Gertrudis Puig Romero (hermana de Federico y a su vez de Isabel II), en que a su madre se la cita como azafata de la reina tres meses antes de que Isabel de Braganza fuera reina. Era lo que se dice una azafata de reina sin reina.

Consciente de que el origen de Gertrudis Romero era bastante alejado de la nobleza, según consta en su informe de limpieza de sangre, y dado lo que le costó a Vicente Puig sacar adelante este matrimonio buscando subterfugios legales y probablemente a costa de distanciarse de sus padres, suponía, por eliminación, que Vicente Puig debió de morir en algo importante y de ahí el nombramiento de su viuda. Se imponía otra visita a la biblioteca militar para profundizar en el año 1815, y di con el episodio nacional de Benito Pérez Galdós titulado Memorias de un cortesano de 1815. Encontré algunos detalles familiares, como el ingreso de un muchacho en la academia por ser su madre dama de la reina. Me recordó a mi tatarabuelo, cuando pedía dispensa de los papeles de nobleza de su madre, azafata de la reina.


En este episodio Pérez Galdós inserta un nuevo personaje que parece nacido de la vieja picaresca española: Juan Bragas o Don Juan de Pipaón. Al comienzo se presenta el mismo protagonista: empiezo a narrar la serie de trabajos, servicios, proezas y afanes, mediante los cuales pasé en poco tiempo, desde el más oscuro antro de las regias covachuelas, a calentar un sillón en el Real Consejo y Cámara de Castilla. Qué actividad catapultó a Juan Bragas, o Pipaón, queda claro cuando explica sus jornadas de entrenamiento en la falsificación: (...)cuántas cuchufletas y bufonadas entretuvieron las nocturnas horas en que a solas nos dedicábamos a inventar cartas, a remedar tipos de letra, a confeccionar programas y comunicaciones en cifra(...) Al advenimiento de El Deseado, Pipaón explica la redada contra los mamones, o mejor decir, quienes ilusamente pretendían que el rey jurara la constitución. Era el inicio del despotismo y el terror. Y en esta etapa en que Pipaón hace su agosto como esbirro del rey, cuenta lo arduo de sus trabajos apresando a todo aquel que defendiera la libertad: A medida que iban cayendo los llevábamos a la cárcel de la Corona y al cuartel de Guardias de Corps o San Martín, donde quedaban encerrados. No se les dejó papel que no se guardase para dar luz sobre los procesos que se les iban a formar, porque habría sido en verdad lastimoso que las execrables picardías de tanto malsín no tuviesen comprobación cumplida en los autos, para que a nadie quedase duda de sus maldades. Pues digo... si no se hubiera tenido mucho cuidado de cogerles los papeles, la justicia habría tenido que romperse los cascos para inventarlos después, lo cual es tarea larga y que da mucha fatiga y quita mucho tiempo a los señores de la comisión de Estado. Cuando se quería formar una causa, daba igual que existieran pruebas o no, salvo por la incomodidad de tener que inventarlas. El sector principal objeto de persecución eran los liberales, gaceteros, discursistas, preopinantes, soberanistas, republicanos, volterianos, masones... Es decir, cualquiera que se opusiera al absolutismo.

Pipaón revela sus secretos profesionales en las estrategias a seguir: era preciso ir repartiendo dinero por los barrios bajos y convocar a determinados individuos(...); ir de taberna en taberna y de garito en garito, contratando gente; avistarse con el tío Mano de Mortero, con Majoma y otros próceres del Rastro, para encomendarles delicadas comisiones(...); avisar a los padres franciscanos y agustinos que estaban ocultos para que saliesen a arengar la muchedumbre; hacer correr noticias falsas de conspiraciones fraguadas por los revolucionarios(...) Cuenta Pipaón el triste papel de los ministros, impedidos para gobernar pues todo lo disponía a su gusto el equipo asesor del rey, una panda de arribistas de dudosa calaña: Paquito Córdova, duque de Alagón, Chamorro y Ugarte.

Defunción auténtica de Vicente Puig.



Eran estos individuos quienes regían los destinos de España, colocando gente a su gusto en los altos cargos de estado, buscando para ello primero la forma de desterrar a los que dejarían libre la vacante deseada. ¿Y cómo veían Pipaón y sus secuaces la figura del militar de entonces? Eran aquellos que por un sueldo mezquino peleaban y morían por la patria. Militar era el personaje que describo, y bien lo probaba su noble pecho lleno de cuanto Dios crió en materia de cruces, cintas y galones... Y no se hable de improvisaciones y ascensos de golpe y porrazo; que hasta los nueve años no tuvo mi niño su real despacho merced a los méritos contraídos por su madre como dama de honor(...) Cuando leía esto aún no había descubierto el expediente de azafata de la reina que de Gertrudis Romero se conserva en el archivo del Palacio Real. En la parte final de su solicitud de este cargo, firmada por ella el 15 de marzo de 1816 dice así:

A.V.M. rendidamente suplica que penetrado de la crítica situación en que se halla por el embarazo y siete hijos que la rodean, se digne honrarla colocándola entre las de su servidumbre, bien de Señora de honor, Azafata o lo que V.M. tenga a bien; porque de este modo pudiendo atender a la manutención y educación de sus hijos, sean los cuatro varones fieles imitadores de su padre, y la exponente acreditar con su celo sacrifica con gusto lo mejor de su vida en servicio de V.M.

Defunción falsa de Vicente Puig.


Entonces ella se hallaba embarazada de unos seis meses, y con el real despacho de su difunto marido, Vicente Puig, desde 5 de enero de 1816. Cuando leía esta obra de Pérez Galdós que tan acertadamente recrea los comienzos del reinado de Fernando VII y concretamente el año 1815 que titula el episodio nacional, sabía que Vicente Puig había fallecido entre 24 de octubre de 1815 y 5 de enero de 1816. Por esta época se crea el ministerio de seguridad pública. Quien dirigía este ministerio era Pedro Agustín Echavarri, que se encargaba de encarcelar a todo aquel contrario al régimen, es decir, todo aquel que se expresara libremente o fuera blanco de las intrigas de la cuadrilla real. Cualquiera en potencia era un revolucionario.

Este contexto coincide con las versiones de historiadores como Lafuente, que resume esta época de terror y absolutismo tanto para los contrarios al monarca como para sus aliados.

Me iba haciendo una idea del entorno en que halló la muerte Vicente Puig, y más que eso, la muerte de su memoria, puesto que se borró todo rastro de su vida, de su trayectoria. Todos sus méritos y luchas por restituir la corona a Fernando VII le fueron pagadas con su muerte anticipada y silenciosa que no le permitió saberse cornudo por el rey que había dejado embarazada a su prematuramente viuda Gertrudis. La investigación me llevaría a mucho más, cuando descubriría que Gertrudis se había visto obligada a dar hijos a Fernando VII sin intuir que su hijo Federico se vería en idéntica situación con la heredera de Fernando, Isabel II. Generaciones segurían ligadas por pasado secreto que se desvela en mi libro Voces desde el más allá de la historia, novelado en Alfonso XII y la corona maldita.

domingo, 13 de diciembre de 2020

Las falsificaciones de Fernando VII





Si preguntamos por reyes falsos y traicioneros, a la mente de todos viene Fernando VII, el rey que se ganó a pulso el mote de Rey Felón. Ya he aludido a sus traiciones en mi entrada Las traiciones de Fernando VII, quedándome corta. Sobre eso se ha escrito largo y tendido. Pero yo añado datos concretos de mis investigaciones que han sido publicadas por primera vez en mi libo Voces desde el más allá de la historia y ahondan en la vida personal del monarca que pasó de ser el Deseado a la pesadilla de todos. Por desgracia, a mi antepasada Gertrudis le tocó la china cuando se fijó en ella y la tomó como su pertenencia, quitando de en medio a su esposo, el militar Vicente Puig, cuyos años de denodada lucha contra los invasores para devolver la corona a Fernando no le valieron de gran cosa más que para convertirse en cornudo real y, para más escarnio, dar su apellido a la niña que trajo al mundo Gertrudis hecha pasar por póstuma de Vicente. Aunque las cuentas no salían...

Defunción original de Vicente Puig.

La muerte de Vicente era necesaria y conveniente para Fernando VII, y de ahí las falsificaciones de su defunción para que su oportuna muerte pareciera natural. Ya con el camino libre Fernando podía llevarse al palacio a Gertrudis para tenerla a su regia disposición. El aliciente de un embarazo podría resolver sus dudas sobre su capacidad de traer al mundo herederos, que brillaban por su ausencia. Su único matrimonio, con María Antonia Borbón, solo había dejado dos abortos en los cuatro años que duró. Viudo ya diez años, le urgía casarse, y Gertrudis entró a formar parte de la servidumbre real de su nueva esposa, María Isabel de Braganza. El calvario de Gertrudis no había hecho más que empezar, quedando condenada a soportar ser su juguete hasta que se cansara, sin atreverse a rechistar ante las malas consecuencias que pudieran sufrir los siete hijos legítimos de Vicente y la niña nacida en 1816.

Defunción falsa de Vicente Puig.


Desde la llegada de Gertrudis a palacio fueron  continuas las chapuzas para justificar las gracias concedidas, partiendo de su misma admisión, sin ningún papel de nobleza que la avalara para el cargo. En 1818 la reina fallecía sin que del matrimonio quedara a Fernando otra cosa que hijos malogrados, aparte de la niña Gertrudis Puig Romero, con el récord de supervivencia de los hijos de Fernando. Urgía nuevo casamiento, y se realizó en 1819, al tiempo que el de Gertrudis, en palacio real, como matrimonio tapadera del que nacen Juan y Fernanda, apadrinada esta última por Fernando y la reina Josefa Amalia, que a lo largo de diez años de matrimonio no tuvo ningún embarazo. Gertrudis no vivió para verlo. En 1823 Fernando decidió quitársela de en medio, primero echándola de palacio y luego de rechazar sus súplicas a lo largo de meses, costeando su entierro secreto en que se falsea la causa de su muerte. 

La caída en desgracia de Gertrudis se traspasó a sus hijos, siete de Vicente y tres del rey. Hubieron de transcurrir tres años para que se dieran las circunstancias que les permitieron apretar las tuercas al monarca logrando de él diversas concesiones con falsificaciones de todo tipo, incluyendo de defunción, nacimiento e incluso de nobleza para garantizar el ingreso de Federico Puig Romero en el Real Colegio de Artillería. ¿Qué tenían en sus manos los huérfanos Puig Romero para exigirle a Fernando  después de haber sufrido  el mayor despotismo por parte del monarca? Quizá algo de ello supo su heredera Isabel II cuando eligió a Federico Puig Romero como su presa, quién sabe si atraída por el morbo de compartir con él hermanos. Y un heredero, que más tarde reinaría como Alfonso XII…


Federico Puig Romero y su presunto hijo, Alfonso XII.


La historia novelada en Alfonso XII y la corona maldita (Altera,2018) se ajusta a los hechos reales sacados a la luz en Voces desde el más allá de la historia (Incipit, 2015).

martes, 17 de noviembre de 2020

El padre secreto de Alfonso XII

 

Isabel II, Francisco de Asís y el príncipe Alfonso.



Por estas fechas, en 1857, la reina Isabel II se hallaba próxima a dar a luz. Uno más de tantos embarazos en los que se barajaban nombres sobre el verdadero progenitor, puesto que del rey consorte no se esperaba participación activa en la tarea de traer vástagos al mundo. En esto se bastaba sola Isabel II, cuyo matrimonio con su primo homosexual, Francisco de Asís, no supuso para ella ningún obstáculo a la hora de cumplir cabalmente con su principal deber como reina, que era concebir herederos de la corona. Podría decirse que fue una pionera en fertilización asistida. Esto descolocó bastante al ambicioso duque de Montpensier, marido de su hermana y rival Luisa Fernanda. El duque daba por supuesto que tendría asegurado el trono para su esposa al no haber descendencia del matrimonio real. Pero Isabel era mujer de recursos y no desdeñaba ocasión de propiciar encuentros íntimos con cuantos se pusieran a tiro real, convirtiéndolos en donantes genéticos para la real estirpe.


El duque de Montpensier siguió conspirando en la sombra, con sus zarpas listas para recoger el trono de manos de su esposa si la ocasión se presentaba, y bastante tuvo que ver en la caída de su cuñada años después. Tampoco podía Isabel confiar demasiado en su esposo, dispuesto a pactar con los carlistas, principales interesados en desligitimar la rama de Isabel II. La pregunta es: ¿qué era tan importante en este embarazo de 1857 que llevó al Papa a amonestar a la reina? ¿Qué tenía de especial este affaire que le distinguiera del resto de nombres de la larga lista de amantes de la reina?


Los historiadores y cronistas citan a un oficial apellidado Puig Moltó. La forma incorrecta de escribir el apellido compuesto Puigmoltó indica que no había documentos escritos sino solo rumores que muy bien pudieron ser útiles para encubrir a otro oficial apellidado Puig Romero. 


Lo cierto es que los rumores fueron deliberadamente expandidos desde el mismo entorno de la reina, hasta el punto de intervenir el Vaticano, lo que lleva a pensar en una cortina de humo. Curiosamente, el Papa aceptó apadrinar a este vástago nacido el 28 de noviembre de 1857, que resultó ser un varón, y por tanto heredero de la corona. Cuesta creer que tras un embarazo escandaloso el Papa se prestara a ello, legitimando así a este niño que fue concebido a principios de 1857. Con esto la reina les daba un golpe de mano a los carlistas, que de haber dado con el auténtico padre del príncipe Alfonso, hubieran podido airear un pasado secreto y ominoso que hubiera puesto en tela de juicio los derechos de Isabel en el trono.


En 1868 el príncipe Alfonso tuvo que salir de España exiliado junto con sus padres, aunque retornó como rey gracias al pronunciamiento militar del general Martínez Campos en diciembre de 1874. Comenzó así su reinado, desligado completamente de su madre, con una actitud renovadora que le granjeó el nombre del Pacificador. Activo e incansable, no perdió un minuto  para contactar con quienes él denominaba sus queridos hermanos: los hijos legítimos de Federico Puig Romero, coronel de artillería asesinado el 22 de junio de 1866 en el cuartel de San Gil de Madrid, en circunstancias ocultas y falseadas por el gobierno de Isabel II. Las consecuencias de este asesinato colearon hasta 1873, proclamándose la primera república española.

 

Federico Puig Romero y Alfonso XII.
Federico Puig Romero y Alfonso XII.

            

La gran cortina de humo en torno al nacimiento de Alfonso XII ha dado sus frutos hasta el punto de que sin existir pruebas escritas de la paternidad de Enrique Puigmoltó y Mayans, basada en rumores, se le cita como padre biológico de Alfonso XII, haciéndose eco los medios que no se atreven a sacar a la luz la tenebrosa historia que destaparía unos hechos muy oscuros de los ascendientes del actual monarca. Para muchos resulta mejor quedarse con la leyenda y no remover el cadáver de Federico Puig Romero, que pagó con la vida, al igual que sus padres, la cercanía a los Borbón. La investigación documentada se halla en mi libro Voces desde el más allá de la historia (Incipit, 2015), novelada en Alfonso XII y la corona maldita (Altera, 2018, Premio Hispania de Novela Histórica).


Con todos estos datos en la mano, todavía algunos se muestran reacios a desmitificar la leyenda, que analizada en profundidad se desmonta pieza por pieza. Ni el padre de Alfonso XII fue tuberculoso, y ni siquiera se puede hallar el parecido físico con Alfonso que se le atribuye, puesto que hasta el día de hoy no se ha dado conocer imagen alguna de este cacareado oficial Puigmoltó. Quizá porque desmentiría otro de los pilares falsos de la leyenda. Una leyenda que nos deja una historia frívola y seudoromántica, que nada tiene que ver con el sometimiento a que se vieron obligados para complacer caprichos regios Federico Puig Romero y su madre, Gertrudis Romero, con el padre de la reina, Fernando VII. Mejor dejarlo en cotilleos y validos que hablar de familias rotas, muertes silenciadas y abuso de poder. 



miércoles, 14 de octubre de 2020

Las traiciones de Fernando VII



Fernando príncipe de Asturias.


Tal día como hoy, en el año 1784, nacía el heredero del rey Carlos IV, hijo de su esposa María Luisa, que en sus instantes postreros aseguraba que ninguno de sus hijos era legítimo. Quedando pues en la incógnita la paternidad biológica del díscolo Fernando, su nacimiento en el Real Sitio del Escorial fue motivo de regocijo y siempre contó con el cariño y apoyo de la comunidad de los Jerónimos de este lugar donde la devoción y austeridad de los monjes se hacía compatible con la frivolidad y gracejo de los cortesanos que andaban a sus anchas por aquellas celdas del monasterio, entrecruzándose por los pasillos con portadores de hábito de la comunidad. Era uno de los Reales sitios entre los que repartían su estancia los reyes y su corte a lo largo del año junto con los Reales sitios de Aranjuez, del Pardo y La Granja de San Ildefonso, además del Real Palacio de Madrid.


En este mismo escenario del Escorial se darían las circunstancias propicias para que Fernando intentara destronar a sus padres en 1807, descubriéndose el pastel el 27 de octubre. En realidad ya lo llevaba intentando su ex esposa María Antonia Borbón, fallecida el año anterior, siguiendo activa su camarilla, que pasó a dirigir Fernando llevando a cabo una excelente campaña de desprestigio contra sus padres y el denominado valido, Manuel Godoy, que llevaba el timón del estado y recibió múltiples concesiones de los reyes en un intento de compensar su falta de origen noble para igualarle a esa rancia nobleza que le aborrecía por haberles hecho perder su anterior influencia encaminada a beneficios personales.

María Antonia de Borbón.



Como parte de la campaña contra Godoy y su madre, Fernando expandió el rumor de que habían sido autores de la muerte de su ex esposa, que en realidad había fallecido a causa de la tuberculosis que ya padecía cuando contrajeron matrimonio. Los logros de Godoy en avances e Ilustración fueron echados por tierra y se le culpó de todos los males, logrando Fernando sus objetivos de desatar contra él las iras populares como primer paso para derribar a sus padres del trono. Para ello contaba con la ayuda de un canónigo, Escoiquiz, que orquestaba las maniobras de aliarse al emperador Napoleón intentando organizar a Fernando una boda con la pariente del emperador de los franceses, todo a espaldas de sus padres, poniendo en bandeja a Napoleón Bonaparte la posibilidad de crear un vacío de poder en España y anexarla a sus múltiples conquistas en Europa. Todos los trabajos de Godoy intentando mantener a raya a Bonaparte mediante la política de alianza entre Francia y España fueron tirados por la borda con la traición de Fernando a sus padres y a España misma.


Manuel Godoy.


Descubierta su conspiración y llevados a juicio sus cómplices que el mismo Fernando delató sin pudor alguno, arrastrándose ante sus padres para obtener su perdón, volvió a las andadas una vez hubo ganado su confianza. Culminó esta nueva conspiración el 18 de marzo de 1808, cuando contrataron él y su tío el infante Antonio Pascual a alborotadores que lograron su objetivo de dirigir a las masas enardecidas a casa de Godoy, que fue hecho preso, humillado y maltratado sin juicio alguno, despojándosele además de todos sus títulos y propiedades. Bajo coacción Fernando hizo renunciar a la corona a su padre y, no contento con ello, invitó a Napoleón y sus tropas a invadir España, que abandonó a su suerte mientras él acudía solícito al llamado de Napoleón, entregándole la corona que pasaría a manos del hermano de Napoleón, coronado como José I.


El pueblo español, engañado, vio a Fernando como una víctima de sus padres y Godoy, y después, de Napoleón, iniciándose la guerra contra los franceses con el principal objetivo de recuperar la corona de Fernando VII, llamado El Deseado. Para los españoles que se hallaban fuera de España como ejército aliado de Francia todos estos hechos tardaron en saberse. En ese ejercito de Dinamarca se hallaba mi antepasado, Vicente Puig, que fue uno de los supervivientes de la División del Norte al mando del marqués de la Romana que logró regresar a España con ayuda de los británicos en octubre de 1808 y unirse a la lucha contra los invasores.


La guerra finalizaba por fin en 1814, reponiéndose en el trono a Fernando VII, sin el menor agradecimiento hacia el pueblo y ejército que lo había hecho posible. Impuso un régimen de absolutismo y terror llevando a la cárcel y miseria a muchos de los que habían arriesgado la vida en su nombre. Y peor suerte tuvo mi antepasado, Vicente Puig, que tras haber sorteado peligros en su regreso y lidiado en varias batallas para reponer al monarca, perdió la vida por el capricho de Fernando sobre su esposa, Gertrudis Romero. Vicente estorbaba en sus proyectos y después de apartarlo a otro destino y dejarla a ella embarazada, se queda viuda de forma misteriosa, falsificándose la auténtica defunción de Vicente Puig, quedando su viuda y huérfanos totalmente a merced de Fernando VII, con un desenlace trágico para ella y posteriormente para su hijo Federico, cuando se viera en idénticas circunstancias con Isabel II, la heredera de Fernando VII. Como si de una maldición se tratara, su historia, real y documentada, queda plasmada en la novela Alfonso XII y la corona maldita (Altera, 2018), basada en las investigaciones de Voces desde el más allá de la historia (Incipit, 2015).




Las traiciones de Fernando VII serían la norma a lo largo de su reinado, considerado por la mayoría de historiadores como nefasto, y estas traiciones se extendían, como he dicho, a su ámbito personal. Incluso a sus propios hijos, de los que renegó. De 1814 a 1833 España hubo de sufrir un monarca que se negaba a firmar la constitución y cuando lo hizo fue mediante engaños, mientras preparaba otro golpe. Tarde comprendieron quienes le creyeron que su palabra no valía. Y si algo se le puede atribuir a este monarca es el germen de las divisiones civiles que colearían en el futuro de una España enfrentada.

domingo, 13 de septiembre de 2020

Elga Reátegui, ganadora del Latino International Book Awards 2020

   
                                          


 Ayer fue un día especial para una de nuestras más queridas compañeras de la Junta Directiva de CLAVE. Me refiero a la escritora y periodista Elga Reátegui, que ha resultado ser la ganadora del Latino International Book Awards 2020 en la categoría Best collection of short stories ( Los Ángeles, California), con su obra La fugacidad del color, publicada en 2018 por Lastura Ediciones, y que ya había resultado finalista de los Premios de la Crítica Valenciana 2019.


         

      Con Juan Luis Bedins, presidente de CLAVE y Elga Reátegui.   


El Premio Internacional del libro latino tiene gran prestigio. Desde 1997 ha premiado a numerosos autores latinos en lengua española, portuguesa e inglesa en el mayor evento editorial internacional de Estados Unidos. Desde 2007 los premios pasaron a denominarse International Latino Book Awards. Entre sus galardonados se encuentran autores como Pablo Neruda, Isabel Allende, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez y, desde ayer, nuestra admirada compañera Elga Reátegui, a la que me une una sincera amistad. Es una gran noticia para nuestra asociación, recién sufrida hace tres días la pérdida del gran autor y persona César Gavela.

   

                       

           Elga Reátegui con el autor César Gavela.                                    


La fugacidad del color es una obra que, como todo lo que he leído de Elga, me cautivó ya desde la sugerente portada de este libro de microrrelatos con no menos sugerente contenido. En sus páginas hallaremos múltiples historias agrupadas en tres partes: “De amores”, “Sociales” y “Del espíritu”. En todas hay algo que nos hace pensar y querer saber más, incitando nuestra imaginación. Novelista, poetisa y periodista, en esta publicación Elga despliega su gran capacidad literaria, explorando nuevas técnicas con arte y talento. Enhorabuena, Elga, por este gran trabajo y este magnífico y bien merecido galardón. 

En la presentación de La fugacidad del color de 11 de diciembre de 2018 tuve la oportunidad de leer un fragmento del libro. Podéis ver el vídeo:





Elga Reátegui Zumaeta nació en Lima (Perú), aunque desde años está radicada en Valencia (España). Forma parte de la Asociación escritores y críticos literarios de Valencia (Clave), la Asociación Concilyarte y la Comisión de Escritoras PEN Club Internacional del Perú. Su incesante actividad en el campo literario y de la cultura abarca además espacios de entrevistas, como su programa Momentos, en el que participé como su invitada, resultando ser mi entrevista la más vista del año 2018 (enlace)

 En su canal youtube pueden verse además otros programas suyos de muy interesante contenido, como Vía Libros y Reunidos. Actualmente además participa en el proyecto La ardilla literaria.


Producción literaria de Elga Reátegui:


Novelas:


El Santo Cura  (Ed. España, 2007- Ed. Perú,

 

2009)


De ternura y sexo (2011)


A este lado y al otro (2015)


Y te diste la media vuelta (2016)


Relatos:


La fugacidad del color (2018)


El ecosistema de las hormigas (2019)


Epistolarios (con el decimista y poeta Pedro 


Rivarola):


Correo de Locumba


Violación de correspondencia.


CD poético (con Pedro Rivarola):


Abrazados


Plaqueta poética (con Pedro Rivarola)


Madera y fuego.


Obra inédita:


Seis novelas listas para su publicación





martes, 18 de agosto de 2020

Los últimos días de la abuela extra oficial de Alfonso XII


El príncipe Alfonso en medio de su madre, Isabel II, y su padre oficial, Francisco de Asís Borbón.

¿De qué abuela de Alfonso XII estamos hablando? La genealogía de Alfonso XII da lugar a curiosidades que han permanecido largo tiempo ignoradas. Entre otras cosas, la renovación de sangre en dos generaciones sucesivas, dando lugar a que su padre y su madre tengan hermanos en común. No es un juego de adivinanzas, pero si ya queda difícil seguir su árbol por las repetidas endogamias en que incurre la dinastía Borbón, en su caso pareciera que se buscara esa endogamia también por la rama no oficial. Me refiero a la paternidad biológica de este monarca, hijo de Isabel II, conocida por su variedad de amantes e hijos ilegítimos que se registraban como hijos de su marido Francisco de Asís, que en poco más parece que contribuyó a la progenie de su esposa.

Fernando VII y su cuarta esposa, María Cristina Borbón Dos Sicilias.

Vamos ahora a los abuelos de Alfonso XII. Isabel II era hija de Fernando VII y María Cristina de Borbón Dos Sicilias, cuarta esposa del monarca que pasó a la historia como el más déspota, no solo en su vida pública, sino en la privada, de lo cual tengo total constancia por haberla sufrido mis antepasados. Francisco de Asís era hijo de Francisco de Paula Borbón, hermano de Fernando VII, y de Luisa Carlota Borbón Dos Sicilias, hermana de María Cristina. Es decir, los dos abuelos paternos de Alfonso XII eran hermanos, lo mismo que sus dos abuelas maternas. 

Francisco de Paula Borbón y su esposa, Luisa Carlota Borbón Dos Sicilias.

Pero si vamos a su genética biológica, nos han contado hasta la saciedad que su verdadero padre era un oficial de ingenieros llamado Enrique Puigmoltó y Mayans, lo cual queda desmontado por las investigaciones plasmadas en el libro Voces desde el más allá de la historia. De acuerdo a esto, el oficial de artillería Federico Puig Romero fue el elegido por la entonces reina Isabel II como donante genético para su real estirpe en el momento en que fue concebido el futuro Alfonso XII. Y llegamos por fin a intentar dilucidar esta ascendencia ignorada e intentada ocultar por el entorno palaciego, desviando la atención hacia ese oficial de ingenieros. ¿Qué se pretendía ocultar?


Retrato de Federico Puig Romero en el Museo del Ejército.


Si resulta chocante que los padres de Isabel II y su esposo fueran hermanos, al igual que sus correspondientes madres, cómo no sorprenderá que Isabel II tuviera hermanos que también lo eran de su entonces amante Federico. Aquí parece que la endogamia se supera, pues para que esto fuera así, tuvo que ocurrir que Fernando VII, padre de Isabel II, tuviera hijos con Gertrudis Romero, madre de Federico. Y esta descendencia se cuenta al menos en tres: Gertrudis Puig Romero (se le dio apellido de su padre oficial póstumo, desaparecido convenientemente para Fernando VII), nacida en 1816, y Juan y Fernanda Guillelmi Romero (con apellido del marido con que la casó Fernando en palacio), nacidos entre 1820 y 1822. Eran por tanto, tíos por partida doble de Alfonso XII, y para la madre de este, eran hermanos y cuñados a la vez. 

María Isabel de Braganza, segunda esposa de Fernando VII, de la cual fue azafata Gertrudis Romero.

Y aunque tal pareciera que semejante reincidencia en la elección de los caprichos regios de padre e hija, Fernando VII e Isabel II, apuntaba a una estima especial a la familia Puig Romero, los hechos llevan a conclusiones menos afortunadas, como fueron la caída en desgracia de esta familia (que nunca había pedido estar en gracia), las muertes prematuras de los padres de Federico en las que estaba directamente involucrado Fernando VII, y el asesinato de Federico cuando su hijo secreto, el entonces príncipe Alfonso, tenía nueve años, tres  menos de la edad que Federico tenía cuando su madre murió, al ser molesta  para Fernando VII, luego de  nueve años de disponer de ella a su antojo para finalmente hundirla a ella y su familia en la más absoluta miseria en medio del mayor despotismo. Así vivió Gertrudis Romero sus últimos días, pidiendo clemencia al rey que se había cansado de jugar con ella, dejando huérfanos en la indigencia, entre ellos tres hijos del déspota, llegando hasta el 31 de agosto de 1824, cuando Fernando VII accede a dar una limosna a su familia para pagar su entierro con funeral de secreto,  garantizando así  la impunidad de las causas reales de su muerte. Descanse en paz y que su voz sea escuchada a través de los tiempos en el testimonio que quedará de su vida en los libros.