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jueves, 2 de agosto de 2018

Azafata de la reina María Isabel de Braganza



Nunca olvidaré mi primera visita al Archivo de Palacio, cuando tuve entre mis manos el expediente de mi antepasada Gertrudis Romero. Hasta entonces mi investigación se centraba en su hijo Federico Puig Romero: la intervención del estado en el falseamiento de las auténticas circunstancias de su asesinato y la vinculación de ello a la posible paternidad secreta de Alfonso XII. Pero había algo que llamó mi atención desde el principio: las prematuras muertes de los padres de Federico y el nombramiento de su madre Gertrudis como azafata de la reina María Isabel de Braganza.

María Isabel de Braganza.

Las sensaciones que se agolparon esa tarde en el Palacio Real fueron demasiado intensas. Recogía trozos de la vida de aquella mujer cuyo destino había cambiado abruptamente de la noche a la mañana, dejando de ser la respetada esposa de un militar para ser despojada de su dignidad, de su marido y del tiempo que podía compartir con sus siete hijos, a los cuales ya debía atenerse a visitar cuando sus ocupaciones de palacio se lo permitieran. La aparente dignidad de pertenecer a la Real Servidumbre, un honor reservado a la nobleza, se le concedía a ella, mujer del estado llano, por voluntad del déspota Fernando VII, cuyo encuentro con la familia Puig Romero desencadenaría la viudedad de Gertrudis y su total dependencia del monarca, a cuyos caprichos debía someterse sin rechistar, aunque ello supusiera ser cómplice en el adulterio del rey con ella misma. Algo tan retorcido que tuvo que llevar consigo el tiempo que duró esta reina, poco más de dos años.

Sala de Tronos del Palacio Real de Madrid.

Cuando se produce la boda real de Fernando VII con María Isabel de Braganza, en septiembre de 1816, ya hacía tres meses que Gertrudis había dado a luz a una niña nacida en palacio, donde residía desde marzo como azafata de la futura reina, poco agraciada pero bondadosa, culta y gran aficionada al arte. De hecho, gracias a su iniciativa se reunieron obras en posesión de la corona para colocarlas en un museo real, que en el futuro sería el mundialmente conocido Museo del Prado, fundado el 19 de noviembre de 1819,  año siguiente a la muerte de la joven reina a causa de su malogrado segundo embarazo.  En agosto de 1817 había dado a luz una niña que vivió apenas cuatro meses. De la etapa previa a ese parto de la reina he hallado una curiosa referencia de la vida de su azafata Gertrudis en un aviso del Diario de Madrid de 10 de junio de 1817:

Habiéndose perdido al anochecer del día 8 del corriente una pulsera de un hilo de corales con su broche de oro desde el Prado, calle del mismo nombre, botillería que hay a la izquierda de dicha calle, y desde allí hasta la del Príncipe hasta el esquinazo de la de las Huertas; se suplica a quien la haya encontrado la entregue a Doña Gertrudis Romero Puig, azafata de la Reina Nuestra Señora, que vive en Palacio, cuarto num. (61, 67 o 69), a que enseñará la compañera, y dará el correspondiente hallazgo.


Gertrudis residía en la calle de las Huertas. Hacia allí se dirigía desde la botillería, un establecimiento de la época donde se expendían bebidas y helados y en algunos casos funcionaban como un café. Concretamente esta botillería del aviso era con toda probabilidad la denominada Los Valbases, situada en calle del Prado, donde se produce la pérdida de la pulsera de Gertrudis. Esto era cinco días después de conceder el rey plaza de colegialas del Real Colegio de Santa Isabel a las dos hijas de Gertrudis, Encarnación y Javiera, en régimen de internas.  Quizá ese fue el motivo por el que obtuviera Gertrudis permiso ese día para ir a su casa a dormir. Le quedaban por encaminar sus cinco hijos varones, el tercero de ellos Federico, que años después habría de vivir junto a la heredera del rey un destino similar al de su madre: despojados ambos de dignidad y sujetos a cumplir los caprichos regios intercambiando genes; los hijos de Gertrudis, de oculta paternidad, y el de Federico, un futuro rey. En común tendrían también, tanto  madre como hijo, muertes silenciadas por la corona.

Imagen actual del Real Colegio de Santa Isabel de Madrid, en la calle de Santa Isabel.

Aquel suntuoso palacio donde se habían fraguado tantas desdichas para Gertrudis y su familia me restituía  el legado de su historia en el expediente de Gertrudis y luego muchos otros que fueron aportando datos a mi investigación. Pude asomarme a sus vidas como en una máquina del tiempo y descubrir hechos ocultos que he dado a conocer en mi ensayo Voces desde el más allá de la historia (Incipit Editores, 2015), limitándome a lo  estrictamente documentado y abriendo interrogantes al lector a partir de la información aportada.


Pero bullía en mí la necesidad de dar vida a estos personajes que parecían clamar su lugar en la historia. Lo vivido y sentido por sus protagonistas, así como todos los misterios por resolver planteados en el ensayo, saldrá a la luz en breve en la novela histórica Alfonso XII y la corona maldita, ganadora del Premio Hispania de Novela Histórica 2017, que será publicada por Ediciones Altera a partir de septiembre de 2018. La historia permanece viva aunque se haya pretendido enterrar.