Translate

Mostrando entradas con la etiqueta Antonio Pirala. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Antonio Pirala. Mostrar todas las entradas

sábado, 12 de diciembre de 2015

La versión fraudulenta del asesinato de Federico Puig Romero firmada por el historiador Antonio Pirala


Entre los historiadores pueden existir ciertas divergencias a la hora de relatar un hecho histórico, y más si se parte de rumores, como en el caso del oficial Puigmoltó, al que se endosó la paternidad de Alfonso XII. Esto se aplica también al asesinato de Federico Puig Romero, del que se propagaron todo tipo de rumores distintos en la prensa controlada por la censura gubernamental, que sin desmentirlos ni pronunciarse en una versión pública oficial, alentó a estas especulaciones, no producidas en el resto de oficiales muertos el 22 de junio de 1866.

En estos casos de información basada en rumores, la postura de un historiador honesto y riguroso que escriba sobre ello sería citar la contradicción de fuentes y relatar los hechos probados. Si nos atenemos al significado de la palabra fraude, acción que va contra la verdad y la rectitud, puede afirmarse que Antonio Pirala y Criado lo comete en lo tocante a la descripción pormenorizada que da de la muerte de Federico Puig Romero. Esta versión la proporciona el historiador en 1876, recién restaurada la monarquía con Alfonso XII, presunto hijo de Federico Puig Romero. Es presidente del gobierno Antonio Cánovas del Castillo, gran impulsor de esta restauración y desde 1860 académico de la Real Academia de Historia, de la que llegaría a ser director en 1882, cargo que ostentaría hasta su muerte en 1897. La influencia de Cánovas es decisiva desde 1875 para los nombramientos de académicos, predominantemente conservadores. Pirala pertenece a la corriente liberal y a pesar de eso logra de Cánovas el nombramiento de académico correspondiente en 1889, teniendo en cuenta, según consta en su expediente, la publicación de tres grandes obras, la última de ellas, Historia Contemporánea, que inicia su publicación en 1876 contando con el beneplácito de la Restauración y suponiendo el impulso necesario para su nombramiento.
Antonio Pirala y Criado
El lector crédulo encuentra en el libro de Pirala tantos datos sobre la muerte de Federico Puig Romero que no necesita buscar más cuando dispone de todo un folletín en el que se echa de menos algo de poesía para resaltar los momentos más dramáticos. El caso es que el folletín piralesco consigue su efecto, y dada su reputación de historiador, muchos se basan en él. Sin embargo, si se consultan las diversas fuentes y especialmente el expediente de los acontecimientos, puede comprobarse fácilmente que estos detalles son inventados y en su afán de encubrir este asesinato, Pirala llega incluso a falsear el testimonio de un coronel y omitir las muertes de otros oficiales que echan por tierra la puesta en escena del coronel Puig donde convenía que estuviera para justificar el asesinato que había encubierto el gobierno de Isabel II, exiliada desde 1868. Alfonso XII es impuesto por un militar en 1875, y las especulaciones en torno a las auténticas circunstancias del asesinato de su supuesto padre, Federico Puig Romero, debían zanjarse mediante una versión firmada por un historiador. Todo ello sale por primera vez a la luz en mi libro Voces desde el más allá de la historia.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

Alfonso XII, el Puigromerejo


Hoy se cumplen 130 años del fallecimiento de Alfonso XII, faltando tres días para que cumpliera 28. Muere a causa de tuberculosis, enfermedad padecida por dos hermanos de Federico Puig Romero y varios de sus nietos. La leyenda atribuyó esta enfermedad al padre que los rumores le achacaron, Enrique Puigmoltó y Mayans (no Puig Moltó, como se difundió inicialmente para desviar la atención del oficial Puig Romero), cuya naturaleza robusta y carácter altanero distan mucho de la imagen enfermiza y romántica que se le atribuía y llegó a darse por cierta hasta el punto de apodarse al príncipe Alfonso como el Puigmoltejo.

En 1868, con casi once años, Alfonso acompaña al exilio a su madre, Isabel II, que ya no pudo seguir aferrándose al trono tambaleado con el movimiento revolucionario del 22 de junio de 1866 que se aprovechó para que pasara desapercibido el asesinato de Federico Puig Romero a manos de sicarios que contaban con la complicidad del gobierno, y del que fueron testigos su viuda y dos hijos, Federico y Enrique Puig Romaguera. A ellos dos se dirige Alfonso años después como sus queridos hermanos, firmando Vuestro hermano, el Rey, según testimonio de esta carta que deja claro que su padre secreto fue Federico Puig Romero.

Un hermano rey, por muy buenos sentimientos que pudiera albergar, no podía dejar de actuar de acuerdo a ciertos patrones inherentes a este status de poder. Federico Puig Romaguera nunca pudo superar el trauma de la horrorosa experiencia de oír tras una puerta el asesinato de su padre y tenerlo que callar ante el mundo. Alfonso no tenía por qué pagar el odio de Federico a Isabel II, pero era rey. Y nadie, por muy buen fondo que pueda tener, puede quedar inmune a este endiosamiento de que se hace acreedora a una persona a la que se hace sentir superior a los demás. Para Federico solo se trataba de un hijo ilegítimo de su padre, que es asesinado por dicha causa. Federico y Enrique debían de conocer también algo de la historia de Gertrudis, y es natural que no quisieran involucrarse con una institución que para su familia solo había representado la tragedia y el abuso de poder disponiendo de la dignidad de las personas. La dignidad de Federico no tenía precio, y ahí puede radicar la causa de su retiro del ejército tramitada el 22 de junio de 1877, onceavo aniversario de muerte de su padre.

Los hechos demuestran que Alfonso XII buscó la proximidad de sus hermanos Puig Romaguera, protegió especialmente al cuerpo de artillería al que pertenecían ellos y su malogrado padre, y asimismo se involucró directamente en perseguir a algunos de los que tuvieron relación con el asesinato de Federico Puig Romero. Con todo, este asesinato debía seguir permaneciendo oculto, y por ello fue necesario publicar una versión falsa firmada por un historiador que posteriormente consiguió su sillón de académico en la Real Academia de Historia, dirigida entonces por Antonio Cánovas del Castillo1, presidente del gobierno y principal artífice de la Restauración. 

1Fue director de la RAH desde 1882 hasta su muerte en 1897.