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miércoles, 24 de enero de 2018

Una investigación abierta a más investigadores

Mi primera visita al Archivo Militar del Alcázar de Segovia.

La vida media de un libro actual suele ser de dos años. Pasado este plazo para Voces desde el más allá de la historia ha ido expandiéndose, llegando cada vez a más librerías y lectores. Las modas pasan, pero la historia no; permanece. Y los hechos aceptados en libros de historia algunas veces han de reescribirse cuando la investigación descubre nuevos datos que desmontan otros dados como ciertos.

Voces desde el más allá de la historia es un ensayo de divulgación asequible a cualquier público, escrito con un lenguaje sencillo y que pretende ser ameno, sin perder rigurosidad e intentando no incurrir en las afirmaciones no contrastadas con datos. Este libro deja al descubierto hechos inéditos que han pasado por alto y encubren graves circunstancias en las que hay asesinato y muertes silenciadas vinculadas a la monarquía española.


Estos hechos ocultos e incluso llegados a falsear por algún historiador se han logrado rescatar gracias a la pertinacia de un trabajo de investigación de años que contaba con la ventaja de tener un punto de partida con que no han contado otros investigadores: una historia secreta contada por tradición oral familiar. Había sido receptora de los testimonios que escuché en casa desde niña y un buen día decidí que era hora de averiguar qué había de cierto en aquel cruento asesinato de mi tatarabuelo militar que atestiguaron su esposa y dos hijos pequeños, el sospechoso comportamiento de la reina Isabel II hacia esta familia y el secreto de la posible paternidad de este asesinado sobre el heredero de la corona Alfonso XII. Dicha paternidad llegó a ser irrelevante ante el maremágnum de información oculta que hallé y conduce a una negra historia de Fernando VII con esta familia, anclada involuntariamente a la dinastía Borbón en generaciones que sufrieron las consecuencias de caprichos regios.

Hay mucho que escarbar en los acontecimientos del 22 de junio de 1866, y yo he empezado esa labor dejando abierto el camino a otros investigadores e historiadores que valoren este trabajo recogido en Voces desde el más allá de la historia, mediante toda la documentación y fuentes que aporto con la finalidad de permitir redescubrir qué ocurrió realmente, cuántos hechos quedaron falseados y encubiertos, con muertes que nunca llegaron a esclarecerse, y cuánto de parte en ello tuvo la monarquía española. Espero que este granito de arena que aporto llegue con el tiempo  a ser una eficaz contribución a la historia, que debe ser asequible para todos.






domingo, 10 de enero de 2016

El legendario colegio de artillería (1ª parte)



Ayer se cumplían 15 años desde mi primera visita al archivo militar en el imponente Alcázar de Segovia, donde inicialmente se ubicó el Real Colegio de Artillería, fundado el 16 de mayo de 1764. Se trataba de uno de los establecimientos más importantes del mundo, como lo demuestra que en su laboratorio fundamentara el químico Louis Proust su famoso postulado de la teoría de las proporciones definidas. La artillería era sinónimo de ciencia, saber y nobleza. Para las familias de entonces, tener un caballero cadete artillero era un símbolo de prestigio en la sociedad.

En la fundación del Real Colegio ejerció de profesor Jorge Juan Guillelmi Andrada, hermano de Juan Guillelmi Andrada, que ingresaba como alumno. Juan fue padre del que sería el segundo consorte de Gertrudis Romero por dictado de Fernando VII. Más adelante, en 1830, ingresaría en el Real Colegio Federico Puig Romero, tras la reapertura desde que hubiera sido cerrado por Fernando VII en 1823, cuando repudió a Gertrudis y su familia, ejerciendo sobre ellos el mayor despotismo.

En la reapertura de 1830 el colegio recobraba el esplendor de los viejos tiempos, y el ingreso de Federico hubo de pasar por encima de las normativas vigentes por orden de Fernando VII, llegándose a falsificar la partida de nacimiento de Federico porque sobrepasaba la edad permitida, así como a concedérsele dispensa especial para no presentar los papeles de nobleza materna que no existían, puesto que la colocación de su madre en palacio no tenía otras credenciales que la voluntad del déspota de tenerla a su lado, para lo cual antes fue necesario que su marido la dejara viuda.



En 1830 se reabre este Real Colegio a petición de Carlos O’Donell, padre de Leopoldo O’Donnell y Jorís, el famoso general del reinado isabelino. Él mismo fue quien tuvo que recurrir a falsificar la defunción de Antonio Puig y Luca, tío y tutor de Federico desde que en 1824 falleciera Gertrudis y desapareciera luego el marido impuesto por Fernando VII para ella, Juan Guillelmi Valenzuela. La hermana mayor de Federico poseía información privilegiada sobre esta próxima reapertura, hasta el punto de que podría pensarse que se produjera a su petición. Como otras que le fueron concedidas a partir de 1827, cuando fallece Antonio Guillelmi, que fuera secretario de cámara del infante Antonio Pascual, y tío del marido de Gertrudis. Fernando VII pasa entonces del mayor despotismo hacia los Puig Romero a todas las concesiones, por difíciles que fueran. Algo muy grande le había hecho temerles y doblegarse. Los Puig Romero emergían nuevamente y Federico pertenecía a esa nueva generación de caballeros cadetes en los que quizá se inspiró el escritor Alejandro Dumas para sus mosqueteros, puesto que  desde  la fundación del colegio de artillería, una frase se podía leer en los pasillos: Todos para cada uno y cada uno para los demás.